

Artistas frustados, intelectuales devaluados
Zinc dice que postular al Fondart no hace otra cosa que recordarle que es un artista frustrado. Cada vez que baja el documento de la página web del Ministerio de Educación, lo hace a escondidas de su jefe, un tipo que no soporta que alguien tenga otra vida afuera de su oficina. Es peor que el gordo de esa serie inglesa, The Office. Le digo a Zinc que no sea pesimista, que no tiene nada de malo hacer muestrarios de fundas de sofás durante el día e inventar instalaciones durante la noche. Que en esta sociedad estás obligado a partirte en varios pedazos para sentirte uno.
-A menos que te vayas a Nueva York y te descubran, como le pasó a..sabemos quién- me mira poniendo las mejillas como las de un bulldog.
Estamos en un restaurante hindú de la calle Rancagua. Los dueños en realidad son de Sri Lanka, y saber que han sobrevivido a tsunamis y guerras civiles debería levantarle el ánimo a Zinc. Pero no. Hoy está convertido en un artista frustrado que se calienta la cabeza con curry.
-Ser un artista exitoso no tiene nada de bueno-intento reanimarlo-. Acumulas millas pero echas de menos tu casa, tienes que hacerle carita a todo el mundo hasta que te conviertes en un mono de cera, y lo peor; aunque te creas under, te vuelves un snob porque has tomado tanta champañas que la cerveza te huele a meao de gato.
-Agata, para. Yo me contento con que a mi próxima exposición en Santiago de Chile vaya alguien que no conozca. Mis amigos beben, después me pelan, y por supuesto no me compran nada. Eso es lo que está financiando el Fondart. Qué patético.
-Sabes lo más patético-me meto un cheese poori a la boca. De golpe tengo un flashback de ese restaurant de la calle 6 donde comíamos con Eloy por $6. Nunca más me lo volví a encontrar..seguramente ahora la comida hindú le cae mal-: es no sufrir por las cosas que haces. Acostumbrarte a tener un lugar asegurado en este mundo. Mírame a mí: para escribir los libros que quiero tengo que escribir libros que odio: de autoayuda, de cocina, de viajes exóticos.
-Lo haces con un nombre falso.
-Pero mientras los escribo, soy Agata Blanchet y no puedo evitar sentirme mal. Tal como lo dice esa tipa francesa, Sandrine, soy una intelectual devaluada, todo lo que estudié se convierte en gigabytes de ideas que enriquece a otros. Eso no es lo más humillante. Hoy me ofrecieron un trabajo gratis y lo acepté!
-Por qué lo aceptaste? -me grita Zinc fuera de sí.
-Porque después me pueden contratar, así de decadente. Empiezo el 15 de junio, apenas vuelva a Nueva York. Tengo que ayudar a la gente a postular a becas, universidades, seminarios de excelencia, puesto de traba.
Los restaurantes hindúes en Chile no son baratos. Hay tan pocos que en la cuenta, pasan por chic. Cuando terminamos de almorzar, con Zinc nos olvidamos de tomar un taxi y caminamos hasta Providencia. El estrecha mi mano, yo la suya. Tenemos un pacto: él me va contratar (gratis) para que le rellene el famoso Fondart para sentirse menos artista frustrado y de paso, yo me siento menos devaluada. Si se lo gana, vamos a celebrar a lo grande, en un hindúes, pero esta vez de Queens.