
EL PARAISO PERDIDO
Hoy fue un día raro. Me desperté a las seis de la mañana para ir a cuidar a Samantha. Los padres de Samantha tenían que estar en el aeropuerto a las siete y media; la madre se iba a Toronto a un congreso de literatura; y el padre al Caribe a sacar fotos para el especial de primavera –verano de no sé que revista.
Cuando llegué Samantha dormía. Tenía puesto un pijama rosado que decía “Princess”. Me tendí en un sillón del living y esperé que despertara mirando la vista de Manhattan que se asomaba por el amplio ventanal. Las gaviotas se cruzaban en el horizonte y yo no podía evitar acordarme de una frase que la otra vez mi hermana que me disparó por chat “Nunca lo olvides, New York es una isla”.
Cuando Samantha despertó, vimos un capítulo de La casa en la Pradera (tiene toda la serial en dvd), hicimos un puzzle y almorzamos macarroni cheese. Me encanta abrir el refrigerador de las casas gringas. Siempre ves lo mismo: congelados o comida preparada que encargan en restaurantes.
En la tarde, una vez que su papá volvió del Caribe, me fui a Manhattan. Pasé por Strand para comprarme una edición especial del Cazador Oculto, y como estaba agotada, terminé entrando a Gap. En esta ciudad, si tienes más de 20 dólares en el bolsillo es muy probable que termines saciando tu ansiedad consumiendo cualquier cosa. En época de sales, puedes comprarte unos lindos calzones por poco dinero y eso era lo que hacía tiempo quería hacer. Botar todos mis viejos calzones acumulados durante mis cuatro años de matrimonio. Cuando tienes un hombre a tu lado por mucho tiempo, tu ropa interior decae notablemente.
Seguí paseando por Broadway con mi bolsita Gap y de golpe me sentí tan sola que podía verme desde la vereda opuesta. ¿Qué veía? Una tipa de 33 años haciendo shopping, sin ganas de volver a la casa y con algunos dólares en el bolsillo para descargarse del mundo. Fue entonces cuando entré a un restaurant italiano de la calle 13 llamado la Dolce Vita, me tomé una copa de vino blanco y cometí el error de llamar a Eloy. Nuestra conversación, si es que así se puede llamar, fue tan patética que no vale la pena ni siquiera reproducirla. Tanto tiempo, en qué estás, trabajando, hace frío, estoy ocupado, que estés bien.
Ciertos hombres detestan que los pilles desprevenidos. Quizás porque no saben improvisar. El Eloy que me había inventado en mi fantasía me decía que lo esperara en ese mismo bar donde estaba, nos tomábamos una copa, conversábamos de banalidades y terminábamos el día en el hotel de San Marks, poniéndonos al día en materias sexuales, aunque después nos arrepintiéramos y cada cual tomara el metro en direcciones opuestas.
Cosa de ese tipo sólo pasan en las buenas películas. La mayoría de los hombres que hirieron a una mujer ni siquiera tienen los cojones de mirarla a los ojos.
En la noche, de vuelta a mi casa me puse uno de mis nuevos calzones y me acordé de Samatha durmiendo con su piyama de princesa. Pensé que algún día la pequeña Samantha también tendría un corazón partido y recordaría ese piyama como un paraíso perdido.